por Jorge Rendón Vásquez
Walter Arturo Oyarce Domínguez era un joven de veinticuatro años, animoso, inteligente y respetuoso, en su vida familiar, en su barrio, en el Liceo Naval “Almirante Guise”, donde había estudiado y en la universidad.
El sábado 24 de setiembre, había ido a presenciar el encuentro entre el equipo de su simpatía, Alianza Lima, y Universitario de Deportes. Era el Clásico del fútbol limeño y no podía faltar. Se ubicó en un palco del Estadio Monumental, y desde allí, mientras veía el partido, se puso a alentar a su equipo, pletórico de sano y juvenil entusiasmo y emoción. De pronto, varios barristas de la “U” se acercaron corriendo adonde él estaba, lo atacaron con correas y golpes de puño, lo derribaron, siguieron azotándolo y, luego, lo levantaron y lo arrojaron por el balcón. Walter falleció por el choque en el cemento ocho metros más abajo. Sus agresores lo observaron un instante desde arriba con el rostro descompuesto por una furia vandálica. Después se dispersaron.






