por Jorge Rendón Vásquez
Walter Arturo Oyarce Domínguez era un joven de veinticuatro años, animoso, inteligente y respetuoso, en su vida familiar, en su barrio, en el Liceo Naval “Almirante Guise”, donde había estudiado y en la universidad.
El sábado 24 de setiembre, había ido a presenciar el encuentro entre el equipo de su simpatía, Alianza Lima, y Universitario de Deportes. Era el Clásico del fútbol limeño y no podía faltar. Se ubicó en un palco del Estadio Monumental, y desde allí, mientras veía el partido, se puso a alentar a su equipo, pletórico de sano y juvenil entusiasmo y emoción. De pronto, varios barristas de la “U” se acercaron corriendo adonde él estaba, lo atacaron con correas y golpes de puño, lo derribaron, siguieron azotándolo y, luego, lo levantaron y lo arrojaron por el balcón. Walter falleció por el choque en el cemento ocho metros más abajo. Sus agresores lo observaron un instante desde arriba con el rostro descompuesto por una furia vandálica. Después se dispersaron.
Para el Derecho Penal, la acción de los agresores de Walter se configura como un brutal asesinato, por su ferocidad y gran crueldad y alevosía (Código Penal, art. 108º). Por su manera de cometerlo, se puede inferir que cuando llegaron al palco donde estaba Walter, habían concebido ya su intención de herirlo y de arrojarlo al vacío. Él no les había hecho daño, ni ofendido. Aunque a esos asesinos sus abogados tratarán de buscarles atenuantes, sus hechos no les permitirán hallarlos.
Este asesinato reviste, otra faz de extremada gravedad: la peligrosidad latente de sus autores desencadenada por la indefensión de las personas, y su violencia para sobreponerse a la libertad de expresión, creencia o simplemente al deseo de vivir en paz y sin temor de sus víctimas, manifestación de suprema arbitrariedad y de desprecio total a la dignidad de las personas, como la conducta de los “capos” en las prisiones, para quienes la vida, la seguridad y la tranquilidad de los demás carecen de significación frente a su incontestable voluntad.
Por los caracteres físicos de los asesinos de Walter: rasgos blancoides, fuerte contextura, los más de clase media con cierto poder económico y dueños de una ostencible y ofensiva altanería, se podría señalar otro componente de su motivación: el racismo. Walter era “hincha” del Alianza Lima, un equipo integrado en su mayoría por jugadores de color oscuro, los “grones” de La Victoria, un barrio popular alejado, por la capacidad económica de la mayor parte de sus habitantes, de los barrios de la gente más pudiente, de piel más clara y mente colmada de la vanidad de descender de los conquistadores españoles o de inmigrantes blancos. Los asesinos del Monumental se habrían lanzado a una expedición punitiva, al estilo del Ku Klux Klan en los estados sureños de Estados Unidos, para eliminar a un ser humano distinto de ellos y aterrorizar a los semejantes de su presa.
La pena por la comisión de delitos presenta tres finalidades: es sancionadora, resarcitoria y ejemplarizadora. Es, como dice un filósofo del derecho, un medio de control social, vale decir un factor de defensa de la sociedad. Para no pocos abogados, sin embargo, que lucran defendiendo delincuentes, el Derecho Penal y el Derecho Procesal Penal se convierten en medios de exoneración de responsabilidad de sus defendidos y de inaplicación de las penas que merecen, una visión degenerada de la razón de ser de la norma jurídica, correlativa con la ausencia de valores éticos. Y ciertos jueces, por deficiente formación o por venalidad, se inclinan ante esa aberración, reprobada por la sociedad.
El padre de Walter, el Capitán de Fragata MGP y ex cadete del Colegio Militar Leoncio Prado (XXVIII promoción), Walter Oyarce Delgado, en una carta dirigida a sus amigos, les ha dicho, dominando su concoja y con una entereza y un valor ejemplares: “yo no busco como meta la cárcel para quienes mataron a mi adorado hijo, busco su arrepentimiento, pues podrán evadir la justicia humana con recursos, pero jamás lo harán de la condena de la sociedad, aquella que, si no aceptan su error, los condenará a la cadena perpetua del repudio de la gente que los conoce.”
Pero los ciudadanos dignos, horrorizados por el asesinato de Walter, sí pedimos que la espada de la justicia caiga con todo su poder y dureza sobre sus victimarios, con prescindencia de su arrepentimiento que, parecería, no existir en su oscura conciencia.
1/10/2011.

0 comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios agraviantes y anónimos no serán publicados